Trama

No era un plano. Tampoco una fachada.
Era una confesión con geometría.

El autor solía decir que cada día tenía su color.
Los buenos, azul claro.
Los incómodos, terracota.
Los que pasaban sin pena ni gloria, beige difuso.
Y los que lo cambiaban todo, naranja.

Una mañana —de esas que no traen aviso, pero sí consecuencias— se sentó frente al lienzo y empezó a repartir rectángulos como si fueran fragmentos de calendario. No buscó simetría, pero tampoco la evitó. Pintó como quien recuerda en orden impreciso: aquí una conversación, allá una pérdida, en esa esquina un “te veo mañana” que nunca se cumplió.

Cada bloque encierra algo, aunque no se diga qué.
Cada línea separa sin romper.
Cada tono parece fijo, pero esconde movimiento.

Trama, lo llamó.
Porque la vida no se narra.
Se encaja. Se apila. Se interrumpe.
Como los colores en este cuadro.
Que no buscan armonía, sino espacio.
Y la historia, como siempre, se escribe entre los huecos.

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