Sobre mí

Dicen que el arte es un reflejo del alma. Si eso es cierto, mi alma debe estar más arrugada que un papel mojado porque, a pesar de mis esfuerzos, mi talento para pintar se quedó atrapado en algún rincón oscuro entre el garabato y la «obra conceptual». Desde pequeño supe que amaba el arte; lo que no sabía era que el arte no me amaba de vuelta. Mis pinceladas son más erráticas que un GPS en un túnel, y mi sentido de la proporción tiene el descaro de ignorar hasta las reglas más básicas.

Mi relación con el arte empezó como una historia de amor romántico: yo admiraba, soñaba, intentaba… y fallaba estrepitosamente. Cada vez que intentaba emular a los grandes, el resultado parecía más una broma pesada que un homenaje. Una vez, convencido de que podía replicar a Caravaggio, terminé con una composición que parecía un póster de un restaurante de comida rápida mal iluminado. ¿Luz y sombra? Más bien, «luz, sombra y catástrofe».

La verdad es que mi interés por el arte siempre ha sido mucho más intenso que mi habilidad para ejecutarlo. Soy ese espectador de museo que se queda demasiado tiempo frente a un cuadro, no porque esté extasiado, sino porque no entiende cómo alguien logró semejante perfección mientras yo sigo luchando con las proporciones de una taza de café. Y aquí estoy, aferrado al consuelo de que la crítica es, al menos, un talento que sí puedo dominar.

Mis días los paso entre libros de arte, documentales y visitas a museos, alimentando mi obsesión y construyendo opiniones sobre todo, incluso sobre cosas que probablemente no debería juzgar. Mi filosofía es simple: si no puedo crear algo tan sublime como ‘El matrimonio Arnolfini’, al menos puedo escribir sobre ello con la mordacidad de un crítico de sofá.

En resumen, soy un aficionado al arte perpetuamente frustrado, con un pincel en una mano y un teclado en la otra, dispuesto a desmontar clichés, reírme de lo absurdo y encontrar el lado humano —y a veces patético— del mundo artístico. Así que, si estás buscando un lugar donde la crítica tenga tanto sarcasmo como reflexión, bienvenido. Aquí las únicas reglas son divertirse, cuestionar y, por supuesto, no tomarse nada demasiado en serio. Porque, al final del día, todos somos artistas… solo que algunos lo somos mejor con las palabras que con el pincel.

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