Rendezvous, David Thorpe
A veces, colgado de un hilo sobre un abismo azul, uno descubre que el vértigo no viene del vacío, sino de los otros pasajeros del teleférico. Esa gente que respira. Que hace ruidos con la boca. Que mira como si no fuera a matarte luego, en la estación de arriba.
Miro esta imagen y recuerdo el amor. O algo parecido. Una vez también creí que flotaba, que me elevaba sobre un mundo masticado por el tedio. Pero no, era solo un cable. Tenso. Frío. Y al fondo, una cabina amarilla como un diente cariado. Dentro: nosotros, los optimistas de siempre, jugando al «ya verás qué bonito desde arriba». Spoiler: había niebla. Y un tipo con aliento a cebolla.

Los árboles, amputados, apuntan con sus ramas huesudas al único lugar donde todavía se puede morir con algo de estilo: entre montañas, con luna llena y el culo congelado. Nadie avisa que la poesía visual también duele. Que el cielo azul intenso es un espejo de nuestra negación. Que la nieve en las cimas es apenas maquillaje para un paisaje que ya decidió rendirse.
Y sin embargo… qué ganas de subirme. De repetir la caída. De mirar al horizonte y decir, muy serio: «sí, claro que sé dónde me meto». Como si el futuro no fuera ese arbusto seco que siempre se mete en el encuadre.