Refugio

Aquí los árboles no crecen.
Se organizan.
Como un coro de estaciones reunidas para recordar lo que significa habitar el tiempo.

La escena parece inocente. Colorida.
Pero bajo esa armonía de acuarela, late una coreografía precisa.
Cada copa, una emoción.
Cada tronco, un recuerdo.

El bosque no es bosque: es memoria apilada.
Verde de primavera, rojo de pérdida, azul de espera.
Todo mezclado sin jerarquía, como si el alma pudiera verse desde fuera
y tuviera esta forma:
capas de lo vivido,
raíces en el pasado,
hojas que no preguntan por el futuro.

Y en el fondo, una casa blanca.
Pequeña.
Casi un susurro.
Escondida entre las ramas como una promesa que se protege del ruido.

¿Quién vive ahí?
Quizá nadie.
Quizá tú, en el momento exacto en que sientes que todo lo que eras y lo que serás
puede caber en un lugar sin puertas.

Un refugio.
De eso va esta obra.
De encontrar uno, aunque sea dentro del color.

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