Raíz

—¿Y esto qué es? —pregunto, observando el cuadro como si no lo hubiera pintado yo mismo.

—Una raíz, claro. Pero no una de esas que se entierran. Esta flota —respondo, con los dedos aún manchados de pigmento.

—¿Flotar y enraizar no son contrarios?

—Solo si crees que crecer es quedarse quieto.

Silencio. El tipo que escribe me mira como si estuviera buscando algo que poner en cursiva. Yo sigo, porque ya me encendí:

—Esto empezó como un ejercicio de composición. Fondo roto en bloques, formas botánicas negras como líneas de tinta que se resisten a secarse. Pero a medida que dibujaba, vi que no eran plantas. Eran ideas. O recuerdos. O impulsos. Lo que sea que crece aunque no quieras.

—¿Y el amarillo?

—El deseo. El miedo. El sol cuando ya no calienta pero todavía deslumbra.

—Y esas manchas, ¿accidentes?

—Sí. Y no. Como todo.

Me pregunta si tiene título.
Raíz, le digo. Sin plural. Una. Basta.
La que sostiene. La que incomoda.
La que, aunque no se vea, sigue haciendo lo suyo.

Y él, que escribe estas historias, anota en su cuaderno con la cara que pone cuando algo lo toca sin entender por qué.
Luego me pregunta si puede usarla en el blog.

—Haz lo que quieras —le digo—. Ya está pintado. Lo demás es tu parte.

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