Presagio

La pintó para no volver.
Cada trazo era una despedida disimulada. La escalera, una fuga. La pared blanca, un silencio prolongado. Y esa puerta roja… una advertencia. O una promesa. Nunca quedó claro.

El artista había vivido allí un verano que duró tres años. Entre mareas lentas, techos encalados y sombras que parecían moverse solas. Pero un día lo supo: se acababa. No porque algo fallara. Justo al revés. Porque todo estaba demasiado quieto. El mar no rugía, el viento no rompía platos, el amor no dolía.

Y eso, para él, era un presagio.

Así que se fue sin decirlo. Pintó esta escena desde la memoria, exagerando la luz como quien exagera para poder creer. La sombra torcida, la esquina vacía, la escalera sin final… Todo quedó como prueba de que estuvo allí. Y de que no volvería.

Aunque a veces, en ciertos días azules, aún escucha una puerta que se cierra sin haber sido abierta.

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