Fulgor

La pintó con los ojos cerrados. Literalmente. No por genialidad ni por desafío, sino porque ya lo había visto todo antes. Esa colina ocre, ese pliegue rojo, ese cielo sin ganas de ser cielo. Todo lo llevaba dentro desde que un incendio arrasó su pueblo y convirtió el paisaje en recuerdo.

Dicen que tardó menos de una hora en terminarlo. Pero llevaba años acumulándolo. Cada atardecer que no pudo mirar, cada camino que dejó de andar, cada color que se le quedó atrapado bajo las uñas. “Fulgor”, lo llamó. Porque no era fuego ni luz. Era lo que queda después: la imagen persistente que arde aunque cierres los párpados.

No lo colgó. Lo apoyó en el suelo, de espaldas a la pared.
Y ahí lo dejó.
Porque hay cuadros que no se miran para entenderlos.
Se miran para no olvidarlos.

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