Notas y óleos: las canciones que cobran vida desde un cuadro
Retratos sonoros: los mejores temas nacidos de un lienzo famoso
A veces me miro al espejo y pienso que soy una acuarela mal rematada. Otras, me despierto y creo que he salido de un grabado expresionista, con las ojeras retratadas en un claroscuro digno de Caravaggio. Claro que, la mayoría de los días, mi mayor logro artístico consiste en untarle mermelada a una tostada sin que se derrame por el suelo. Sin embargo, por si no fuera suficiente tener que lidiar con mi genio interior —y con las manchas de café que le dejan bigote a mis camisas—, hace unos años comencé una obsesión: rastrear canciones que fueran producto de la fascinación (o locura) de algún músico por un cuadro específico.
Juro que esto empezó como un acto de autoayuda, una especie de venganza contra mi propia ignorancia pictórica. ¿Por qué? Porque cuando tenía catorce años, en la clase de arte, dibujé un bodegón tan ridículo que se parecía más a un funeral de peras que a una naturaleza muerta. Desde ese día, mi profesora me sentenció: “Nunca serás artista. Canta o baila, pero suelta el lápiz”. Y ahí empezó todo: un resentimiento sordo que me hizo investigar cómo demonios la música y la pintura podían unirse sin que nadie se riera de sus retratos.
Más tarde descubrí que estaba lejos de ser el único que mezclaba acrílicos con acordes. De hecho, me convertí en un sabueso de la red, en un auténtico buceador de datos para encontrar historias retorcidas sobre cuadros y canciones. Y hoy, en un arranque de sinceridad —y quizás de delirio—, quiero contarte, a mi modo, las mejores canciones que han nacido de la admiración por obras pictóricas. O, al menos, aquellas que me arrugaron el cerebro y me hicieron perder horas pegado a los altavoces mientras me preguntaba si la música es un color o si un cuadro puede sonar a rock psicodélico.
“Vincent” (Don McLean) y la noche estrellada que nos ve morir
No podría empezar esta lista en orden cronológico, porque sería como obligar a Dalí a pintar relojes normales. Así que vamos al grano con una de las piezas más conocidas en este mundillo de amores pictórico-musicales: “Vincent”, de Don McLean. Ya sabes, ese tipo que, cuando se levantó una mañana, pensó que cantar sobre la melancolía de Van Gogh era más entretenido que probar nuevas recetas de cupcakes.
Esta canción de 1971 no solo se inspira, sino que se funde emocionalmente con “La noche estrellada” de Vincent van Gogh. Seguro que has visto este cuadro: un cielo revuelto, lleno de remolinos y luces que destellan como si fueran la versión onírica de un gif infinito. Pues bien, Don McLean quedó tan perturbado por la intensidad que transmite la pincelada de Van Gogh, por esa mezcla de tristeza, pasión y locura, que decidió componer una canción a modo de elegía.
Es como si cada arpegio fuera un eco del torbellino de estrellas que se retuercen en el lienzo. Cuando escuchas “Vincent”, notas un aire de serenidad triste, como la sensación de abrir una ventana y sentir el viento de madrugada mientras te preguntas qué harías si te faltara un trozo de oreja… Ironía aparte, la canción es una carta de amor al genio incomprendido, a la mente torturada, a la belleza que nace del caos. Me gusta imaginar que Van Gogh, de haber escuchado el tema, habría sonreído a ratos y llorado a carcajadas en otros, mientras pintaba un sol más amarillo que nunca.
“Mona Lisa” (Nat King Cole) y el enigma eterno
Ahora retrocedamos un par de décadas —o un siglo, ¿quién lleva la cuenta?— y pensemos en “Mona Lisa”, esa canción que Nat King Cole popularizó en 1950 y que, curiosamente, alude directamente a uno de los cuadros más famosos de la historia: “La Gioconda” de Leonardo da Vinci.
¿Te has fijado en la sonrisa enigmática que tiene la Mona Lisa? Esa media mueca que podría significar “Te estoy juzgando” o “Te quiero besar” o simplemente “Ayer cené tacos y aún me dura la felicidad”. Pues la canción de Nat King Cole explota ese misterio, esa ambivalencia de la figura femenina que, a lo largo de la historia, ha desquiciado a más de un crítico de arte y a uno que otro turista que busca el selfie perfecto en el Louvre.
En primera persona, te confieso que descubrí esta relación pictórico-musical en un día absurdo, en el que me había propuesto practicar yoga sobre una esterilla que crujía como si fuera celofán. Sonaba la radio de fondo y, de pronto, escuché la voz aterciopelada de Cole: “Mona Lisa, Mona Lisa, men have named you…”. En mi mente apareció el cuadro y me pareció que la pintura me sonreía con superioridad, como diciendo: “Te estás esforzando, pero nada comparado con la pericia de Da Vinci”.
Desde entonces, cada vez que escucho esta canción, me imagino a la Mona Lisa saliendo del lienzo por la noche y yéndose de copas con Nat King Cole, dejándolo pasmado con su eterna sonrisa. Algo así como una película surrealista donde, al final, Da Vinci aparece en pantuflas buscando su pincel perdido.
“Picasso Baby” (Jay-Z) y el rap en la galería
Hagamos un salto hacia tiempos más contemporáneos, enredándonos en la cultura pop y urbana con Jay-Z. Su tema “Picasso Baby” (2013) no es una oda a un solo cuadro, sino que a la figura de Pablo Picasso y el aura que rodea a su arte. Aunque no haga una referencia directa a una pintura concreta, la canción y, sobre todo, su vídeo musical, reivindican esa mezcla entre el mundo del arte elitista y la cultura hip-hop.
La letra es un pequeño disparate de arrogancia, riqueza y metáforas que evocan al pintor malagueño —y a otros artistas— como símbolos de poder y genialidad. Si Picasso desarmó la realidad en cubos y recortes imposibles, Jay-Z la desarma en ritmos y rimas, apropiándose de la fama que “Picasso Baby” sugiere. Además, Jay-Z llegó a hacer una performance de seis horas en una galería de arte neoyorquina, invitando a famosos y desconocidos a presenciar cómo la música urbana podía instalarse sin pedir permiso entre lienzos millonarios y escultura minimalista.
Lo más gracioso es imaginar a Picasso con su bigote travieso, viendo la escena desde algún lugar remoto: “Me gustaba romper los cánones de la perspectiva, pero esto se lleva la palma, chaval”. Irónico, sarcástico, con un gin tonic en la mano. O eso quiero creer.
“Andy Warhol” (David Bowie) y la fábrica pop
En otra esquina del cuadrilátero se encuentra David Bowie, el hombre que parecía sacado de un collage. El tema “Andy Warhol” (1971) es un tributo-homenaje-rareza que Bowie compuso para celebrar la figura de Andy Warhol, el icono del pop art que multiplicó sopas Campbell y retratos de Marilyn.
Aquí no hablamos de un cuadro específico, sino de todo el imaginario warholiano: lo efímero, lo masificado, lo repetido. Bowie, siempre camaleónico, captó esa esencia y la tradujo a una canción que incluso samplea un risible intento de pronunciar el nombre del artista (“Wah-hole”). Dice la leyenda que, cuando Bowie se lo enseñó a Warhol, el artista apenas dijo una palabra y se limitó a regalarle una extraña mirada, como si fuera una lata de sopa a punto de caducar.
Lo que me fascina es la idea de que Warhol, tan fan de la cultura pop, sintiera algo al escucharse en la voz de Bowie. ¿Habrá pensado que era un plagio, una burla, o habrá soltado una risita silenciosa? Me gusta pensar que le habría encantado exhibir la canción en su legendaria Factory, con un par de bailarines improvisados cubiertos de pintura plateada. Surreal, lo sé. Pero, ¿qué otra cosa podemos esperar de Warhol y Bowie juntos, sino un matrimonio de excentricidades?
“Magritte” (John Cale) y la traición de las imágenes
Es posible que la gente no tenga tan presente a John Cale como a Bowie o a Don McLean, pero este músico galés, cofundador de The Velvet Underground junto a Lou Reed, tiene una mente tan retorcida como para dedicarle un tema a René Magritte, el pintor surrealista que nos hizo dudar de la realidad con sus sombreros hongo y sus manzanas flotantes.
La canción “Magritte” (del álbum Helen of Troy, 1975) es un guiño a ese universo desconcertante que pintaba el artista belga, lleno de contradicciones y objetos cambiando de lugar. La música tiene un aire enigmático, con la voz de Cale dando saltos entre imágenes descabelladas, como si estuviera dentro de un cuadro donde todo flota y nada es lo que parece.
Cuando escucho “Magritte”, me vienen a la cabeza paraguas lloviendo al revés, un tipo con bombín que tiene la cara tapada por una manzana, y una pipa que no es una pipa. Siento que todo se desordena en mi habitación y que, por un instante, las paredes se cambian de sitio. Quizá por eso me encanta este tema: es un tributo a esa chispa surreal que te hace sospechar hasta de tu sombra.
“Guernica” (Brand New) y el grito silenciado
No todo es color de rosa. Hay obras que nacen del dolor, del caos, de la guerra. “Guernica”, de la banda estadounidense Brand New (incluida en el álbum Deja Entendu, 2003), toma el nombre del famoso cuadro de Pablo Picasso que retrata el bombardeo a la población vasca de Guernica durante la Guerra Civil Española.
Lo peculiar es que la letra no describe directamente la escena bélica del lienzo, sino que metafóricamente conecta con el sufrimiento, la pérdida y la confusión que transmite la pintura. Los acordes de la canción rozan el emo rock, con guitarras que rozan la estridencia, como si fueran pinceladas gritando en blanco, negro y gris.
Cuando la escuché por primera vez, estaba en una cafetería cutre, de esas con sillas cojas y camareros que miran la hora cada diez segundos. Sonó “Guernica” y, de inmediato, recordé la intensidad de esas figuras destrozadas que ocupan el lienzo de Picasso, ese caballo relinchando en el centro. Sentí un escalofrío, como si por un instante se mezclaran la modernidad del rock alternativo con la crudeza histórica de la obra original.
Permíteme, entre canción y canción, abrir un capítulo aparte para hablar de mi primo. Sí, un tipo que se creía la reencarnación de Jackson Pollock. Una tarde, en su afán por crear la “obra definitiva”, llenó globos con pintura y los reventó contra un lienzo gigante. ¿El resultado? Un salpicón de color a medio camino entre un accidente de tráfico y un festival de confeti.
La gracia está en que, mientras pintaba, tenía puesto en bucle “Mona Lisa” de Nat King Cole y me decía: “¿Te imaginas que Leonardo da Vinci hiciera esto con la Gioconda? La lanzaría al estrellato. Literalmente”. No supe si reír o llorar, pero en ese momento pensé: “Quizá la música inspirada en cuadros sea la salvación para los desastres que pintamos en la vida”.
Después de años rebuscando, comprobé que el vínculo entre la pintura y la música es un laberinto sin fin. Tenemos ejemplos más discretos, más crípticos, más experimentales. ¿Cuántas bandas indie no habrán compuesto canciones a partir de un viejo óleo colgado en la pared de la abuela? ¿Cuántos raperos no habrán convertido a Frida Kahlo en un símbolo de resiliencia y rebeldía, mencionando su nombre en un verso?
Es como si, en el fondo, los músicos vieran en las pinturas un universo que no requiere traducción. Cuando un artista plástico vomita sus emociones en el lienzo, un músico puede ponerle banda sonora. Y viceversa. A veces, me pregunto cómo sonaría “El Grito” de Munch si alguien lo convirtiera en una pieza musical contemporánea. Probablemente sería un grito eterno, con guitarras distorsionadas, silencios que retumban y una voz que se quiebra como un espejo.
Porque, admitámoslo: las pinturas son historias congeladas y las canciones son historias en movimiento. Cuando se unen, surge algo extraño, casi mágico. Quizás no sea casualidad que tanto Van Gogh como muchos músicos legendarios hayan tenido una pizca de locura corriendo por sus venas.
Ahora, mientras escribo estas palabras en primera persona, me invaden imágenes difusas: Warhol bailando claqué con Bowie en un sótano neoyorquino, Da Vinci invitando a Nat King Cole a darle más sombra a la sonrisa de la Mona Lisa, Van Gogh pintándome las ojeras con óleo mientras suena la versión acústica de “Vincent”.
Suena absurdo, ¿verdad? Pero, a la vez, irresistible. Me resulta reconfortante pensar que el arte no está encapsulado en un museo silencioso o en un escenario con focos estroboscópicos. El arte se mezcla, se mancha, se reescribe. Un pintor puede inspirar a un músico, y ese músico puede inspirar a otro pintor, formando un bucle interminable, un cosmos de colores y sonidos que rara vez llegamos a comprender por completo.
Quizás, al final del día, no se trate de elegir “la mejor canción inspirada en un cuadro”, porque, seamos francos, el arte no es una competencia de belleza ni un reality show de talentos. Se trata de admitir que, a veces, una composición musical puede verter luz sobre un lienzo, o una pincelada puede desatar acordes que sangran. Y es en ese cruce de caminos donde florece la locura creativa.
Mi profesora de arte, la que me dijo que abandonara los lápices, estaría horrorizada. Pero yo, que ahora escribo estas líneas con el ceño fruncido y una sonrisa cínica, siento un cosquilleo de revancha. Porque al final, aunque nunca pinte la próxima Capilla Sixtina, he podido constatar cómo la pintura y la música se dan la mano y nos devuelven la fe en que no todo está perdido.
Así que, si un día te cruzas con un cuadro que te deje la boca abierta, pregúntate qué canción le pegaría. Y, si escuchas una canción que te arrugue el alma, imagina en qué lienzo colgaría su historia. Tal vez descubras que el verdadero arte está en esa chispa de conexión, en esa segunda antes de cerrar los ojos y ver cómo las notas y los colores se funden en un abrazo imposible.
Porque, al final, la pintura y la música son hermanas siamesas, unidas por un cordón umbilical de emociones, ironías y, sí, un toque de surrealismo que a veces puede ser más verdadero que la realidad misma. Y, si no me crees, pregúntale a Van Gogh, pregúntale a Bowie, pregúntale a la Mona Lisa.
Te apuesto un pincel a que todos te responderán con un acorde que suena a óleo fresco. O, quién sabe, igual te sonríen de lado y se van flotando a ritmo de jazz. Quién soy yo para juzgar.