Campos
Cada uno de estos paisajes fue pintado sin testigos, en silencio, como se escriben las cartas que nunca se van a enviar.
El autor no buscaba retratar un lugar. Buscaba volver a uno.
Uno que quizás nunca existió fuera de su memoria: ese campo impreciso, ondulado, siempre al fondo del verano, donde el tiempo no avanza y el aire no pesa.
Cada imagen es una estación emocional:
— La primera, una despedida luminosa.
— La segunda, un amanecer con sabor a tregua.
— La tercera, una siesta de domingo que nunca termina.
— La cuarta, un suspiro con forma de colina.
— La quinta, una promesa que no exige nada.
— La sexta, el recuerdo de un lugar donde uno fue feliz sin darse cuenta.
— La séptima, una conversación con el horizonte.
— La octava, el camino de regreso que nunca se recorre.
— La novena, la certeza de que lo sencillo es lo que más permanece.
— La décima, el cierre: no un final, sino una pausa larga y tibia.
Los llamó Campos no porque fueran geografía, sino porque eran espacio.
Espacio para el respiro, para el eco, para el “aquí estoy” que no necesita decirse.
Una serie que no habla de la tierra, sino de lo que se deja cuando se pasa por ella.
Y de lo que se queda. Aunque uno no.
