Petra Lovrekovic: materiales improbables, obras inolvidables

Ciudades que vibran y paisajes que dialogan con el espectador

Desde el primer vistazo a las obras de Petra M. J. Lovrekovic, es imposible no sentir que uno está atrapado en una conversación que fluctúa entre la nostalgia y el desconcierto. Claro, uno podría mirar sus paisajes urbanos y decir: «Ah, otro cuadro más de una ciudad». Pero no, eso sería como mirar una novela de Gabriel García Márquez y pensar que es solo un cuento de pueblo. No, aquí hay algo más profundo, algo que se desmorona y reconstruye constantemente, como un diálogo con el tiempo y el espacio.

Petra, en su declaración artística, habla de usar «bolsas de sándwich» y «barro» como lienzos y pigmentos. Y yo me pregunto: ¿cuántas almas artísticas mirarían una bolsa plástica y pensarían: «Esto es arte esperando nacer»? Mientras algunos se pelean por lienzos de lino importado y óleos con nombres impronunciables, Petra toma los desechos del mundo y los convierte en poesía visual. En sus manos, una página de periódico no es solo un soporte; es un testigo mudo de historias pasadas, ahora absorbido en una nueva narrativa visual.

Los trazos duros y las líneas incisivas que interrumpen sus paisajes parecen susurrar: «Todo en la vida es transitorio. Aquí estoy ahora, pero mañana podría ser otra cosa». Es una filosofía que no solo permea su técnica, sino que también se manifiesta en la esencia misma de sus composiciones.

La fascinación de Petra Lovrekovic por los «lenguajes universales» es un tema recurrente. ¿Quién hubiera pensado que las señales de tránsito y los íconos podrían inspirar arte? Pero aquí está la ironía: lo que ella celebra como universal es, en realidad, profundamente personal. Cada señal de tránsito que aparece de forma abstracta en sus obras lleva consigo un eco de sus viajes, un destello de sus experiencias, un guiño a las pequeñas interacciones humanas que trascienden las palabras.

Cuando ves una de sus piezas, como las escenas de mercados con sus sombrillas y siluetas, no puedes evitar sentirte parte de un bullicio que no has vivido pero que de algún modo reconoces. Es como oler pan recién horneado en un país extranjero y recordar la cocina de tu abuela. Un golpe de universalidad con una dosis de nostalgia.

Las ciudades de Petra Lovrekovic no son lugares estáticos. Son criaturas vivientes que respiran, parpadean y, a veces, te gritan en la cara. Cada edificio parece estar a punto de colapsar o crecer un piso más, dependiendo de tu estado de ánimo al mirar. Las texturas rugosas y las capas de pintura que se aplican y luego se raspan son un reflejo de la vida misma: construimos y destruimos, a veces en el mismo día.

En una de sus obras más impactantes, los tonos terrosos dominan un paisaje urbano que parece haber sido arrancado directamente del corazón de Sicilia. Pero en lugar de una postal perfecta, lo que obtenemos es un caos organizado, un amasijo de casas que parecen estar susurrando secretos en dialectos antiguos. Y ese caos es, en realidad, la belleza pura. Petra no nos da ciudades ideales; nos da ciudades honestas, con sus grietas y sus cicatrices al aire.

Los mercados que pinta Petra tienen una cualidad teatral. Las sombrillas rayadas y las figuras humanas apenas delineadas parecen actores en un escenario, pero ninguno sabe exactamente qué papel está interpretando. Hay un humor oscuro en estas escenas: la gente comercia, negocia, ríe y grita, pero todo parece ser un intento desesperado de encontrar algo, cualquier cosa, que los haga sentir vivos.

Tal vez sea una cebolla, tal vez sea una sonrisa. Y ahí radica la genialidad de Petra Lovrekovic: retratar la banalidad cotidiana con una intensidad que la eleva a algo casi épico. En sus mercados no hay protagonistas, solo un montón de extras que, al igual que tú y yo, están tratando de darle sentido al caos.

La técnica de Petra es una metáfora en sí misma. Habla de «dar y quitar», de cómo aplica materiales solo para luego rasparlos y volver a empezar. Es un baile entre creación y destrucción, una conversación silenciosa entre la artista y el lienzo. ¿Y no es eso la vida misma? Construimos relaciones, trabajos, sueños, solo para ver cómo algunos se derrumban y otros se transforman en algo nuevo.

En sus paisajes más abstractos, las líneas negras que serpentean sobre fondos texturizados parecen senderos en un mapa emocional. A veces, esos caminos llevan a ninguna parte. A veces, a un lugar que nunca quisiste visitar. Pero siempre están ahí, recordándote que el viaje es lo que importa, no el destino.

Un último guiño

Al final, lo que más fascina de Petra Lovrekovic es cómo logra capturar el espíritu humano en toda su complejidad. Sus obras no son fáciles de amar a primera vista. No tienen la dulzura complaciente de un paisaje bucólico ni la grandiosidad de un retrato clásico. Pero si te quedas con ellas el tiempo suficiente, te das cuenta de que estás mirando un espejo. Y ese espejo no siempre es amable, pero siempre es honesto.

Así que, ¿es Petra una visionaria o simplemente una rebelde con una bolsa de sándwich en la mano? Quizás sea ambas cosas. Y tal vez, solo tal vez, es lo que todos necesitamos: alguien que nos recuerde que incluso en el barro, incluso en los restos de un periódico viejo, hay belleza esperando ser descubierta.

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