Pintar para recordar

A veces el arte no nos muestra el presente, sino lo que queda de lo que fue. O lo que aún no llega, pero se intuye.

Estas cinco obras seleccionadas en Singulart no son espectaculares en el sentido literal. No gritan. No decoran. No explican. Pero todas ellas tienen algo que permanece después de mirar: una vibración emocional, un eco, una nostalgia sin origen claro.


1. Fanou Montel – Ce jour-là

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Una escena abstracta donde el color se vuelve arquitectura. Tonos mostaza, azul petróleo y blanco sucio construyen una especie de paisaje fragmentado, como si fueran los restos de un recuerdo urbano desordenado.

Ce jour-là” no necesita representar nada literal. Basta con sus capas de color para recordarte que hay días que se quedan pegados a la memoria por cómo te hicieron sentir, no por lo que pasó.

Es una obra que deja hueco. Que no lo llena todo. Y eso es lo que permite que entres.


2. Jenifer Carey – El afinador de pianos con barco

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Pintura narrativa, casi cinematográfica. Vista cenital de una escena acuática: una canoa, un cuerpo oscuro tumbado, colores vivos arriba. Como si estuviéramos presenciando un fragmento de algo más grande.

El título ya es un poema: El afinador de pianos con barco. No hay piano, pero hay ritmo. No hay música, pero hay compás. Esta obra es un cuento sin palabras sobre lo invisible: el viaje, la espera, el peso de lo no dicho.

Para quien ve la pintura como novela gráfica emocional.


3. Ta Byrne – Serenity

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Colores apagados, bloques texturizados, geometría contenida. Esta obra de Ta Byrne no intenta representar, sino recomponer. Como si a partir de fragmentos de algo roto se hubiera vuelto a construir cierta paz.

El título, Serenity, no es casual. Es una pintura que no pretende impactar, sino sostener. Ideal para quien busca obras que no saturen, sino que acompañen.

Aquí la emoción no está en la forma, sino en la atmósfera.


4. Tomasa Martín – Contemplación

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Una niña de espaldas, sentada ante un fondo verde apagado. Silencio. Inmovilidad. Nostalgia pura.

Esta pintura de Tomasa Martín parece hablar de infancia, pero lo que realmente evoca es la distancia. La separación entre lo que fuimos y lo que aún no entendemos. El espacio interior que nadie ve, pero que todos cargamos.

Una obra que se queda más tiempo del que dura la mirada.


5. Odile Pinto-Corbin – Vers la mer

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Colores intensos, contornos definidos, perspectiva simple. Pero hay algo más allá de lo visual: un camino. El título, Vers la mer, refuerza la idea de tránsito, de horizonte.

Todo en esta obra parece moverse: los árboles inclinados, la curva del sendero, la promesa del mar fuera del encuadre. Hay energía, pero también un deseo de llegar, de avanzar.

Ideal para quien ve el arte como impulso y movimiento interior.


Qué tienen en común estas obras

  • No explican. Insinúan.
  • No decoran. Acompañan.
  • No buscan likes. Buscan resonancia.

Cada una propone una forma distinta de estar frente a una emoción sin ponerle nombre. Y eso es valioso. Porque a veces el arte no sirve para entender, sino para no estar solo.

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