Arte en metástasis
Ayer me levanté con la lengua pastosa, como si hubiera masticado un catálogo de arte a medianoche. Al encender el móvil, la noticia: «Fondo contra el cáncer desviado para comprar arte». Por un lado, la prensa huele a pólvora: escándalo, malversación, lienzos comprados con dinero que debía ser para tratamientos, investigaciones, vidas en juego. Por el otro, el CNIO tratando de explicarse, asegurando que todo era parte de una iniciativa cultural legítima, casi una performance burocrática con olor a desinfectante y papeles sellados. Dos versiones del mismo cuadro con un resultado desconcertante, como si la pintura nos mirara desde el lienzo con ojos de paciente asustado y, a la vez, de artista incomprendido.
Recuerdo aquella noche en un bar mínimo cerca del hospital. El camarero—un tipo con bigote de purpurina—me sirvió un vino tinto en un vaso de plástico. Hablábamos del CNIO, de su labor contra el cáncer, de los microscopios brillando como lunas tristes. Un segundo después, flash-forward: la prensa grita que alguien colgó óleos en la sala de máquinas del laboratorio, financiados con euros destinados a las batas y las pipetas. El CNIO, por su parte, defiende su inocencia con el aplomo de un notario surrealista: “Esto no es lo que parece, el dinero no salió del presupuesto oncológico, lo que habéis visto es solo la sombra de la duda y el reflejo de una buena iniciativa cultural”.
Arte y corrupción
Me imagino el dinero personificado—porque ya estoy harto de no hacerlo—con un traje negro, subiendo por una escalera de mano hacia una galería que huele a estéril. Los periodistas lo apuntan con flashazos, los investigadores del CNIO lo empujan hacia la luz, intentando demostrar que ese dinero no era el destinado al suero, a la máquina de secuenciación genética, sino a un proyecto paralelo, un diálogo entre ciencia y arte. Ironías del destino: la ciencia buscando belleza mientras la prensa busca podredumbre.
En mi cabeza se suceden escenas caóticas:
- Un pasillo lleno de cuadros con bordes que supuran tubos de ensayo.
- Una investigadora del CNIO encogiéndose de hombros, «¿Acaso el arte no puede inspirar a la ciencia?».
- Un periodista con los ojos inyectados en rabia, como si cada pincelada fuera una puñalada a la confianza social.
- Yo mismo, rascándome la nuca, intentando entender si aquí hay un crimen o solo un malentendido con aroma a trementina.
La prensa brama: «Se han robado recursos de la lucha contra el cáncer, una indecencia, un insulto». El CNIO sisea: «No, no, es un proyecto transversal, otra partida, otro cajón contable». Subtramas por todas partes: el contable neurótico, el conservador de arte con labio tembloroso, el paciente que no sabe de lienzos y solo quiere que su tratamiento funcione, el crítico de arte que se ríe en voz baja mientras come pipas frente a un mural abstracto. Y yo, aquí, reduciendo todo a una escena: la tensión entre las dos versiones es tan densa que podría enmarcarla y colgarla en una pared blanca, junto a tubos fluorescentes que parpadean como las dudas de todos.
Al final, no sé qué pensar. ¿Es la prensa un cirujano torpe que opera sin anestesia y deja la herida abierta? ¿O el CNIO un artista conceptual que nos quiere vender un cuadro cuya factura nadie entiende? La ironía me hace cosquillas: arte y ciencia, ¿amantes o enemigos? El olor a desconfianza es tan fuerte que mata el perfume de las rosas pintadas, tan agrio como la quimioterapia. Me río, pero me duele la mandíbula. Miro el titular otra vez. Miro la versión del CNIO. Acaricio el teclado. ¿Quién tiene la razón? Quizá ambas partes, o ninguna. Quizá solo seamos espectadores en un teatro con focos fríos y risas enlatadas, esperando el acto final que, con un poco de suerte, termine con la verdad goteando del techo como una metáfora incompleta. Y mientras tanto, yo me bebo mi vaso de plástico imaginario, intentando saborear la ironía de este extraño espectáculo.
