Albor

Se pintó una mañana sin prisa.
No era domingo, pero lo parecía.
El artista no tenía intención de pintar fruta. Solo quería mirar por la ventana.
Pero la luz entró con tanta dulzura que el bodegón se formó solo.

Primero fue el limón. No por amarillo, sino por obstinado: siempre acaba en el centro. Luego las naranjas, redondas como un pensamiento simple. Al fondo, la jarra rosada, que no servía para nada pero llevaba ahí años, sin romperse. Como algunas personas.

La escena no es importante por lo que muestra, sino por lo que espera.
Es una pintura que no ocurre.
Todo está a punto de pasar, pero no pasa.

El árbol afuera se insinúa, desenfocado, como si aún dudara si ser recuerdo o viento.
Y la luz —esa luz— no está ahí para iluminar, sino para suspender.
Congela el instante.
Como si dijera: esto también es vida.

Lo que ves no es fruta.
Es un umbral.
Una forma callada de decir:
no olvides mirar antes de salir.

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