El arte de dejarse el lomo (y la dignidad)
Si alguna vez te has sentido agotado después de un día de trabajo, observa esta pintura: tres hombres sin camisa, inclinados como si buscaran monedas imaginarias en el suelo, rascando madera con herramientas minúsculas. Es “Los acuchilladores de parqué” (1875), una obra de mi querido Gustave Caillebotte, el artista que decidió que ser impresionista no era solo pintar nenúfares y amaneceres pastel, sino también retratar cosas serias: el curro, el trabajo puro y duro.
¿Sabes lo mejor de todo? Esta obra es revolucionaria. Imagínate al pobre Gustave explicando su idea a los coleccionistas de la época:
—Voy a pintar a unos señores lijando el suelo.
—¿Y después? ¿Aparecen ninfas bailando entre flores?.
—No, solo ellos, con la columna destrozada.
Lo mandaron directo al rincón de los rebeldes, esos pintores que molestaban porque, en lugar de escenas mitológicas o retratos de aristócratas, pintaban cosas reales. Porque, claro, ¿a quién le gusta que le recuerden que detrás de cada salón bonito hay tres señores sudorosos lijando hasta que el alma se les desprende por las uñas? A nadie.
El surrealismo de lijar el suelo como si te fuera la vida
De entrada, el cuadro parece sencillo: tres hombres a cuatro patas, agachados como si estuvieran rogándole perdón al suelo por algo terrible. Pero míralo bien: el efecto perspectiva que consigue Caillebotte es una auténtica obra maestra. La línea del parqué parece una autopista visual, llevándote de las manos callosas de los obreros a ese ventanal dorado y elegante.
Aquí entra lo irónico: el lujo versus la miseria. Ese suelo reluciente que pronto pisarán con zapatos caros es fruto del trabajo extenuante de hombres anónimos. Los brazos tensos, las sombras alargadas y ese reflejo del vino (sí, hay una botella ahí, y algo me dice que no es agua bendita) nos recuerdan lo que siempre olvidamos: el arte del sacrificio es invisible. Pero Gustave lo hizo visible, como si gritara: «¡Eh, mira esto, burgués, tu suelo no se pule solo!».
Yo, por ejemplo, me siento identificado. No es que yo haya lijado suelos (Dios me libre, mis lumbares no dan para tanto), pero cada vez que escribo una reseña detallada sobre un libro de arte que nadie leerá, me imagino en esa misma postura, acuchillando mi teclado mientras la gente pasa de largo por mi página como quien pisa un suelo recién pulido.
Las texturas del sudor (y otras reflexiones sudorosas)
El realismo con el que Caillebotte retrata a los trabajadores es asombroso: pieles tersas pero tensas, músculos que parecen sacados de una estatua griega, y un brillo en la madera que compite con el sudor de sus frentes. Los detalles son casi fotográficos, algo que, para 1875, era como mostrarle a la gente una imagen en HD.
Caillebotte no idealiza el trabajo; lo plasma con brutal honestidad. No hay romanticismo en esos cuerpos doblados. Es más, yo diría que parecen superhéroes sin capa, pero con escoliosis garantizada. Y sin reconocimiento. Imagínate esto en el mundo contemporáneo:
—¿Y qué superpoderes tienes?.
—Lijo suelos con precisión quirúrgica.
—Genial. ¿Y la capa?.
—Nah, con suerte una camisa rota.
El suelo bajo nuestros pies
Este cuadro es un recordatorio de que el arte no siempre tiene que ser grandilocuente. A veces, el verdadero impacto está en las pequeñas cosas: en la madera desgastada, en el movimiento repetitivo de las manos y en el absurdo de que nadie se detenga a valorar el esfuerzo de los que «lijan la vida» para que otros la disfruten.
Quizás el trabajo de Caillebotte es una metáfora de lo que significa ser artista. Pasarse la vida inclinado sobre una idea, puliéndola, rascándola y dejándose la espalda mientras otros solo ven el resultado final: un suelo limpio, bonito, listo para ser pisado.
Y ahora, si me disculpan, me voy a estirar las lumbares. Porque aunque el teclado pese menos que un cincel, las ideas también pasan factura.
