Tránsito

No es un camino.
Es una transición.
No hacia un lugar, sino hacia una idea.

El artista la pintó en una etapa en la que todo parecía moverse sin avanzar. Como si la vida fuera una sucesión de escalones sin destino o de curvas que nunca giran del todo. En vez de oponer formas, las dejó convivir: rectángulos como árboles, manchas como sombras, bloques como ciudades a medio construir. Todo abstracto, pero reconocible. Todo fragmentado, pero coherente.

Los colores hablan en tres tiempos:
el amarillo de lo que ya pasó pero insiste,
el verde de lo que aún no llega pero empuja,
el rojo oxidado de lo que pesa sin doler.

La perspectiva se inclina sin vértigo. El camino no invita, pero tampoco rechaza. Las formas geométricas se alinean como pensamientos intentando tener sentido. Y al fondo, algo espera. No sabemos qué.

Lo llamó Tránsito porque no hay destino claro.
Solo desplazamiento.
Porque no todo viaje tiene mapa.
Y porque a veces basta con moverse para no perderse.
Aunque no se llegue.
Aunque no se entienda.
Aunque el paso más importante no se note hasta después.

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