Azotea

Se pintó desde el recuerdo.
No de un lugar exacto, sino de un olor: cal y salitre.
El artista no estaba allí. Pero había estado muchas veces.

La escena es sencilla: unas macetas, una barandilla encalada, el horizonte dormido.
Sin embargo, todo respira.
La sombra de las hojas se estira como una siesta.
Las flores, pequeñas y tímidas, parecen conversar en voz baja con el viento.

Al fondo, el mar. Pero no como protagonista, sino como eco.
El mar aquí no grita, murmura.
Y las montañas rosadas al otro lado parecen hechas de polvo y memoria.

Esta pintura no busca impresionar.
Es una carta sin firma, dejada sobre una mesa de madera seca.
Una invitación silenciosa a quedarse quieto.
A dejar que el tiempo pase sin hacer ruido.

Porque esta azotea no pertenece a nadie.
Es de quien la mira con calma.
De quien, por un momento, recuerda que el mundo también se sostiene en lo simple.
Y que a veces, basta con mirar las plantas para entender que todo está en su sitio.

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