Eco
Lo pintó una noche sin ruido. No sin sonido, ojo: sin ruido. Porque hay noches en las que hasta la ciudad más ruidosa se calla de repente, como si recordara que fue desierto alguna vez.
El artista —que no dormía desde hacía semanas— salió a caminar entre edificios. No llevaba cámara, ni cuaderno, ni intención. Solo ojos. O mejor dicho: oídos. Porque lo que pintó después no fue la ciudad que vio, sino la que escuchó.
Sombras que resonaban. Esquinas que repetían pasos que no eran suyos. Farolas apagadas que aún lanzaban ecos de discusiones lejanas.
Todo gris. No por tristeza, sino por reverberación.
Eco, lo llamó.
Porque no hay figura en la escena.
Pero hay presencia.
No hay voz.
Pero algo contesta.
Y porque en el fondo, toda ciudad vacía —si se pinta bien— acaba pareciendo un recuerdo que todavía no ha ocurrido.
