Brote

La pintó en marzo. No por la primavera, sino por hartazgo. Hartazgo de dormirse con la cabeza llena y despertarse con las manos vacías. Así que agarró los pinceles como quien arranca maleza, y se dejó llevar por una idea simple: algo tiene que empezar.

No buscó flores. Salieron.
No pensó en ramas. Se torcieron solas.
Los colores no responden a una paleta, sino a un pulso. Amarillos que no iluminan, solo insisten. Grises que no apagan, solo tapan. Y un fondo neutro que lo soporta todo sin quejarse.

Lo llamó Brote no por lo que florece, sino por lo que se atreve a aparecer.
Lo que aún no tiene nombre, pero ya está ahí.
Lo que todavía no crece, pero ya empuja.
Lo que nace sin pedir permiso. Como los cuadros honestos. Como las ganas que vuelven.

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